lunes, noviembre 02, 2020

Elevador

 

En alguna civilización, de esas en las que es muy importante el ahorro de energía corpórea, se encuentra este peculiar objeto. El elevador, dícese del instrumento que permite a las personas acarrear su mísero y agotable (en aparente celeridad) saco de órganos, esto a través de varios pisos, hacia arriba o hacia abajo, sea el caso en que así se desee, esto con el fin de ahorrarle al individuo la pena de sufrir por el hecho de subir un determinado número de escalones (porque las escaleras varían en su composición) Fuera de esto último, lo que uno nunca se imagina, es que hay ciertos elevadores como los hay personas, con un fino sentido del humor, que gustan de poner a las personas en las más amenas y jocosas situaciones.

En la calle encinos, en el edificio alto, ese el que parece trasero de bruja, existe una suerte de elevador vengativo olvidado ya por sus digamos “cuidadores”. Sabrán que a razón del cansancio del que ahora es parte el ya mencionado elevador, decidió recompensar a sus usuarios con un toque de irónica felicidad. A partir de la mañana del 11 de octubre, cuando alguien entrase en el dispositivo transconfigurador de la posición geográfica en relación al eje vertical, no solo ahorraba energías o era participe de la magia de la teletransportación, sino que, así mismo, era dotado con la gracia de cambiar su edad 5 años por cada piso transcurrido, ya fuera hacia arriba o abajo respectivamente.

Sucede que el Sr. Domínguez, hombre hecho de 52 años, estaba de viaje y regreso al edificio de la calle encinos un 18 de octubre. Santo    cielo. Habría que ver la cara de espanto que puso al subir cinco pisos para entenderlo todo. Ahí estaba, frente a su cara ahora arrugada y su cabellera llena de canas, y con cara de ya te toca, la muerte esperándolo en el espejo justo al abrirse las puertas del elevador. Acto seguido, hace una prueba de realidad moviendo las manos ante el reflejo, cae en cuenta de lo que pasa,  le da un paro cardiaco y muere. Historia verídica.

Hay otros objetos acortadores de distancia, en cambio, que prefieren las sutilezas de las prácticas jodonas. Esperan a que los individuos los invadan para avanzar al piso indicado, y se detienen a medio camino para ponerse a pensar en aquellos momentos en los que la vida era mejor.: sus botones nuevos, las puertas bien aceitadas, la maquinaria a tope, no, no, gran asunto metafísico. Mientras tanto, hay que destacar, y ante la extrañeza fingida del elevador, las personas que lo abordan estallan en lo que podríamos llamar, crisis acaecida por el súbito detenimiento filosófico del teletransportador de materia. Que no es más que las personas exteriorizando sus grandes temores y/o traumas de la infancia o sus iluminaciones prematuras. Véase: La vez que la joven Yolanda decidió que era tiempo de liberar las hormigas que llevaba en su granja, ya que tuvo una especie de epifanía al verse atrapada.

Al final del día, no solo ganan en sonrisa las personas que los utilizan,  sino aquellas personas intemporales de limpieza que juntan todas aquellas pertenencias, dinero de la gente asustada, muerta, personas con regresiones a su infancia y con crisis existenciales, y que guardan para siempre, en la eternidad el conjunto de vida de los demás seres, todo junto en una colección de vida. ahh! la parafernalia de la locura.